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Capítulo V. The Right to Repair. Poética del agua y el perdón.

9 sept
5 min de lectura



"Los sueños pasan a la realidad de la acción.

De las acciones brota el sueño otra vez;

y esta interdependencia produce la forma más alta de vivir."

Anaïs Nin, Diarios de Anaïs Nin (Volumen 3, 1939–1944).



¿Adónde te escondiste,

Amado, y me dejaste con gemido?

Como el ciervo huiste,

habiéndome herido;

salí tras de ti clamando, y eras ido.

San Juan de la Cruz, Cántico espiritual.




El cuerpo resiente los cambios de latitud antes de que la conciencia acierte a nombrarlos. Cumplir años por cuarta vez bajo el tórrido verano de agosto fracturó mi memoria biológica: celebrarme en la lluvia y en el recogimiento del sur austral en contraste con el letargo y la necesidad de intemperie del verano barcelonés, el que cada año con su humedad claustrofóbica, ha impuesto una tregua forzosa a mi intelecto. Desde esa quietud involuntaria, me vi obligada a un ejercicio de presencia pura: vaciarme de lo que sobra y esperar la sobria lucidez de septiembre para que las ganas de vivir vuelvan a restablecer el orden marcial.

La noche de mi cumpleaños soñé que al fin encontraba la ocasión para vestir el abrigo de terciopelo negro que compré por veinte euros en el Mercat dels Encants. En el sueño era de noche y, en el salón de un piso típico del Eixample, me sentaba con discreto nerviosismo frente a N. Le pregunté por sus animales buscando conectar en el refugio de lo nimio, pero su respuesta en árabe desarmó mi cálculo de charla cotidiana: «Ana rouhy helwe» (Mi alma es dulce). Su exuberante Sol en Tauro vino a inaugurar la tónica de mi nuevo ciclo. Me reuní dos veces para celebrar, recibí dos ramos de flores y comí dos pasteles distintos. Supongo que es tiempo de reconocer la dulzura, aunque sea en el exceso de amor en un sentido tangible. Hay una revelación física en comprender que los espacios de rigor y de sombra son profundamente capaces de cobijar ternura.

Ese mismo principio rige la práctica de mis búsquedas espirituales e intelectuales: la luz en la oscuridad. Acudir al estudio de la mística de San Juan de la Cruz y al intercambio con personas de diversas órdenes religiosas afines al catolicismo me permitió comprender que la noche oscura no es en absoluto una falla anímica, sino una puerta grande, pesada y a veces oxidada para que la kénosis, el vaciamiento radical del que hablaban los primeros místicos griegos, nos despoje de lo rígido: un desprendimiento deliberado del ego para que acontezca el sentido, someterse al dolor sabiendo que es transitorio, abrir la herida y reflejarse en ella. En la arquitectura del dolor consentido, cuando me retiro del centro, la contraparte puede encontrar el reflejo de la parte más íntima de sí. En esta inusual capacidad de ayuda, he ejercitado la mirada para reconocer el deseo ajeno, pero solo Dios sabe cuántas veces he eludido el mío. Como en el verso de San Juan de la Cruz, con la voluntad del ciervo que huye dejando tras de sí un gemido, me adentro de nuevo en el bosque buscando algún rayo de Sol que me muestre el deseo que cargo a cuestas.

Este verano me atreví a trasladar la liturgia del dolor a mi espacio privado, fue tan vertiginoso como aprender a caminar sobre la ladera de un volcán en erupción. Al parecer, en una relación D/s no dialogan dos personas, sino cuatro: quien dirige y quien se entrega, entrelazadas a su vez con la vulnerabilidad de dos seres que anhelan ser amados. Un año atrás, bajo la sombra de un eclipse, abrí las puertas de la sala a un hombre de tierras lejanas cuya primera mirada tímida convocó de inmediato mi ternura. Lo que comenzó como un enigma decantó en una metamorfosis ineludible: una Ama aprendiendo a descifrar la desconcertante sensibilidad de su sweet puppy, y un puppy cobijando la fragilidad de una mujer.

Antes de aceptar navegar este lazo, me exigí limpiar la casa propia. Mientras la fecha de nuestro reencuentro se acercaba, la sensación de avanzar por el pasillo de un matadero devino en el ansioso deseo de estar allí: ¿qué era lo peor que podía ocurrir? El aprendizaje y la vivencia justificaban el arrojo. Durante los días que compartimos, mis sueños se poblaron de presencias densas. En la primera noche, soñé que una mujer indígena mesoamericana vino a limpiar mi hogar, se llamaba Coatlicue, mismo nombre de la divinidad mexica de la tierra, la fertilidad, la vida, la muerte y el renacimiento. La fuerza telúrica arcaica en su estado más puro: la madre que engendra a los dioses y al cosmos, pero también la matriz devoradora que exige el retorno de la materia orgánica a sus entrañas para reiniciar el ciclo. Comprendo hoy la lucidez inconsciente de esa visión: fue el instante exacto en que consentí abrir paso a la compasión, permitiendo que la tierra ordene y cuide lo que apenas comienza a brotar.

La prueba somática de esta transformación se libró en el mar, bajo el peso de un denso tránsito plutoniano. Mientras nadábamos mar adentro hacia las boyas, escuché su voz en un tono suspendido entre la queja y el juego: «You’re too much». De inmediato, mi sistema nervioso activó la retirada instintiva del animal herido: nadar con furia hacia el horizonte abierto para camuflar la rabia en la inmensidad líquida. Querer huir con lo puesto, como el animal que ya carga varias flechas en el lomo, una incisión más y podría desplomarme en la orilla, dispuesta a que los microorganismos y los gusanos hagan de mi cuerpo tierra fértil para las amapolas. Pero en la materia envolvente del agua, el tiempo suspendió su prisa. Al girar y verlo nadar tras de mí con la calma obstinada de quien no teme el cansancio con tal de restaurar el lazo, mi huida perdió sentido. El mar y su abrazo operaron como una doble contención física y afectiva. Sentir la rabia y ser sostenida por el mar, darme vuelta y encarar. The Right to Repair, deponer la autosuficiencia para permitirme el vértigo de conceder el perdón con dolor. Oh, Kyria eleison, piedad para mí.


Siento que es tiempo de volver al lienzo. Tras dos años de terapia psicoanalítica, supongo que es tiempo suficiente para que mi inconsciente deje atrás el suplicio de pintar compulsivamente mujeres tristes, dando la espalda al mundo y acompañadas de animales tutelares. Ya puedo sentir las ganas de tomar un pincel, sobre todo ahora, en estas últimas tardes de calor en las que aun no me puedo concentrar en cuestiones intelectuales. La pintura de formato íntimo es una labor posible de llevar a cabo en pocos días y sin pensar mucho. Si vuelven las mujeres desoladas, las acogeré sin reproches: supongo que existe una dimensión terapéutica en aceptar lo que nace de la propia mano, aun cuando su contenido recuerde la trama áspera de la vida.


Como en el mito del pájaro azul, que es buscado incansablemente por todo el mundo solo para descubrir que aguardaba en la propia casa, un hallazgo imposible sin haberlo rastreado antes en todas partes, la soberanía interior me exigió la entrega de mi propio dolor: no huir del escozor, sino lamer la herida, mirarla de frente y asumir su custodia. Una relación D/s para conectar con el dolor físico y el dolor emocional. La audacia de desmontar las defensas que tanto costó erigir: reconocer que dejarse cuidar es consagrar un intercambio donde la devoción puede ser mutua y que el afecto no exige mutilar la propia fuerza. Amar sin armadura y permitir que la mano del otro roce la cicatriz sin pretender ocultarla, sabiendo que la entrega más noble es aquella que no teme a su propia vulnerabilidad . En las primeras noches de septiembre que al fin refrescan, mientras el aire del ventilador roza mis pies y la atmósfera hipnótica de Claroscuro de Juana Aguirre suena en un bucle continuo, la plegaria de otoño se vuelve clara: aceptar que el amor es una presencia luminosa que sale al paso cuando el alma, despierta e íntegra, se atreve al fin a descansar, dejando atrás los días de severa hiperindependencia.




 
 
 

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In every session, the body becomes a manifesto—a place where joy meets the abyss, and the fetish becomes the thread that unites the sacred with the profane, the visible with the hidden, the flesh with the shadow.

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Where the performativity of perversion becomes a mirror of the real.

I approach eroticism and sadism with a magnificent and untamed sensuality. With my refined education in the art world and a heightened aesthetic sensibility, the practices I create are immersed in beauty; within them, delicacy and destruction converge in profoundly creative ways. I naturally transform certain extreme practices into sublime experiences, exploring the fundamental tensions of desire: the interplay between pleasure and pain, the intersection of Thanatos and Eros, the impulses of life and death. Thus, I guide an introspective journey into the hidden aspects of our psyche.

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