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​EN POSESIÓN DE MI CIELO INTERIOR. una realidad sagrada del yo y del mundo circundante.

Debes beber el agua del dolor y el sufrimiento.
Debes atizar el fuego del amor con la leña de la virtud.
Entonces habitarás en el verdadero desierto.

Matilde de Magdeburgo

 El desierto tiene doce cosas, 1,35. 

 A cada uno su ritmo de aflicción.

 Roland Barthes, Diarios de duelo.

 

Lo que yo hago es huir de lo claro para aclarar lo oscuro.
Antonin Artaud.

   Al mediodía comienza mi noche. Y en la noche, antes de dormir, aparece mi miedo a la repetición mecánica, la performatividad vacía de sentido. Cuando sueño me libero y habito un espacio donde juegan elementos azarosos, animales, iglesias, situaciones extrañas. En el umbral de mi noche y mi sueño, lo repetitivo expresa lo inexpresable para entender y dar alivio al tedio que ensombrece mis pensamientos que resuena como un eco en el abismo de mi fractura, develando la conciencia de mi dolor.

   Temor a devenir en Mí misma, morar en tierra consagrada, despejar las puertas de la percepción, sin tener aún algún indicio de lo que hay detrás de esta liberación, de lo que hago, mis decisiones, hacia donde dirijo el foco de mi atención. Buscar lo divino en lo más profundo de mi ser y no en el mundo exterior, soltar las cadenas del mero instinto para concientizar los opuestos. Comprender la misteriosa oscuridad del espíritu oriental que me habita a modo de serpiente y quiere despertar(me) mis profundas potencias psíquicas al someterme a lo espiritual.

   La sincronicidad me recuerda que soy parte de algo más grande que me guía hacia encuentros que me transforman, una danza entre mi mundo exterior y el interior. Sin embargo, la sincronicidad repetitiva me abruma. Siento en mí las palabras arrastradas con pesar de Paul Celan en Todesfuge (Fuga de la muerte). El hastío del mensaje se queda en mi pecho, a fuerza de tedio, repito el vacío, me exaspero, voy al bosque, busco respuestas, encuentro algunas, vuelvo a la repetición, a veces me sorprendo, tanto que debo volver al bosque con esta nueva perspectiva, la teorizo, tengo miedo, me aferro a nada, ritualizo con fuego y cenizas, la desesperación me ahoga. Y ahora la repetición, con un poco más de sentido, se vuelve estructura sacra que me ayuda a entender ciertos puntos que esgrimí desde la intuición. Un kimono de terciopelo negro, ojos vendados, manos atadas por detrás de la espalda, la petición de no escuchar tu respiración, el mandato de enfocar tu atención en el punto medio entre tus ojos, el castigo. Avanzo y tengo nuevas respuestas.

      Frater meus, el sollozo de tu vulnerabilidad, pupilas dilatadas y la liviandad de tu cuerpo me hacen comprender este viaje donde el sentimiento de nulidad fragmenta lo que estaba aparentemente unido. Poco a poco entiendo lo que ya no es ni piedra ni agua, sino lo sagrado de un encuentro donde la experiencia extática revela el aspecto divino y singular del rito. La sincronicidad y la repetición me parecen menos tediosos, cuando en mis momentos de oscuridad, algunos Sumisos se comunican y sus palabras se vuelven un faro de regreso a casa. No estoy sola en esto.s

   En la separación radical entre lo sagrado como interno y lo profano en lo externo, la mazmorra se presenta en un plano diferente al común. Y este plano físico deja de ser homogéneo, para escindir en él un Centro, en el que el cuerpo físico lo presento como altar, determinando así un punto fijo, particular y único para fundar el mundo y comenzar a vivir realmente. Ningún mundo nuevo podría nacer de la homogeneidad del espacio.  En el equilibrio entre el Caos y el Cosmos y mi búsqueda de la multiplicación del sentido, descubrí que lo sagrado equivale a la potentia de Spinoza - volveré a citarle ad infinitum. Mi alimentación, mi sexualidad y mis sueños dejaron de ser hace mucho tiempo sólo un proceso orgánico, sino más bien lugares  donde me permito alcanzar cierta trascendencia por la comunión que genero con los objetos consagrados en mi universo privado, donde establezco una frontera que distingue lo común de lo que puede ser extraordinario. Recuperé mi insolente libertad, en mi sed de ser y ante el terror que me provoca pensar en la nada, decidí enfrentarme a otro comienzo, uno más dentro de las múltiples vidas que ya he vivido. Me rehúso a aceptar una condición simplemente humana, me escindo objeto maleable dispuesto a la sincronicidad, a la manifestación de lo sagrado y me uno íntimamente con el misterioso espíritu oriental, el que me permite desenlazar libremente mi fuerza psíquica, mi neurosis era mero reflejo de mi compleja e intensa profundidad. Ante esto, mis idas y regresos al bosque han sido la vía de curación de mí misma. Veo mi alma y ya no me espanta el abismo ni la inmolación de mi Ser.

        Me pregunto cuántas veces tendré que buscar refugio en el bosque. Mi sensibilidad, la guerra, la desdicha y el espanto, lo insoportable y lo inconcebible de nuestra realidad histórica me subyuga ante la necesidad de mi creciente religiosidad. Me cuesta entender el Cosmos en su aspecto destructivo como arista hierofánica, la aplastante sumisión ante mi Nova maiestas.

   Elegí un territorio y comencé a dejarme crecer raíces, asumiendo la creación de mi mundo que aparentaba no tener pasado. Retorno de la diáspora porque necesito respuestas, vuelvo a mi centro para reconocer a los dioses de mis antepasados. Un test de ADN como rizoma virtual me revela ibérica, árabe e indígena americana, mis ojos grandes al fin tienen respuestas fácticas. Empiezo mi viaje de reconexión al Oriente. Mis visitas a Marruecos despertaron en mí un profundo y sublime anhelo de pertenencia, comencé a soñar con mezquitas y desiertos. Las primeras palabras que aprendí en árabe son sin duda, palabras que me contienen -Dunya, Mreyte, Leyla, Sama, Fawda, Ahmar, Kabir, Qawm- (Tierra, Espejo, Noche, Cielo, Caos, Rojo, Grande, Resistir). Mi victoria aquí radica en reconocer lo incógnito, enfrentarme como un espejo a diferentes presencias, aceptar la reverencia, gozar del constante intercambio de roles donde no hay objeto ni sujeto, porque ambos compartimos una tercera entidad común. Salir de la tiranía jerárquica y volver a la presencia. Si yo ya no estoy sola, entonces tu tampoco. Ahora, como un espacio geométrico deseo erigir una teoría sacro-religiosa, rebelde y emancipadora, donde la repetición se vuelve necesidad para establecer un rito de iniciación, un umbral hacia un inconsciente profundo, mirar frente a frente al Anima y el Animus, porque sin el alma el espíritu está tan muerto como la materia. Soy capaz de conectar con múltiples rupturas, tu dolor y el mío comparten raíces de la misma matriz.

 

   El 22 de Noviembre cumplo un año desde mi primera sesión en una mazmorra como Dominatrix, el mismo día que el Sol pasa por mi Lilith natal en el grado 0 de Sagitario, día en el que acepté y agradecí la voluntad de mi anhelo que buscó la vía de la liberación. En el umbral de mi noche aprendí a confiar en mi sombra.

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DE

DESEO FRENTE A UN ESPEJO, CONFRONTACIÓN CON LA SOMBRA CUANDO CONTACTA CON LO SAGRADO

 

                                                                     

 

 

 

 

Practicar la dominación ha sido una constante encrucijada entre dilucidar si realmente estoy contactando con la realidad mística del Yo, ese espacio aparte del mundo ordinario y del tiempo circundante, lo que Paul Tillich entendía como impulso ontológico de la reunión de lo separado, con una intuición velada que intenta unir la esfera privada con la religiosa, que es finalmente, lo sagrado que reside en toda existencia. Considero esta duda como la consecuencia del exilio del contacto de mi ser con mi alma, aceptando que también hay un exilio con el exterior, tal como funciona el principio hermético: como es arriba es abajo, profunda verdad que lleva a constatar a modo de ecuación metafísica, la parte faltante de un planteamiento que me atormenta. ¿Estoy pecando al dominar y estrechar vínculos con sumisos o simplemente soy un sujeto que se atreve mediante un ritual performativo a liberar a quienes acuden a mí? Como siempre he dicho, ni en mi mejor sueño hubiese imaginado que estaría en mis tempranos treintas practicando la dominación. Pero ¿a qué le temo tanto que me paralizo constantemente? Quizás estas prácticas tienen una profunda repercusión en mi inconsciente, tanto así que debo tomar pausas que parecen recreos neuróticos, mientras intento subvertir la connotación negativa que intento escindir.

Asumir el riesgo de ser vista mientras respondo al llamado del deseo, de remembrarme en esta desconexión inducida por la culpa para replantearme a mí misma. ¿Cómo redimirme de la carga del yo y recrearme en el sacramento del gozo? Mis primeros pasos se dirigen a entender que abrirme no me debilita, sino que intensifica lo que me identifica en mi individualidad, reconocer e incrementar mi potentia.

Uno de los mayores logros de una psiqué madura es lograr manejar la libertad simbólica de la imaginación, y en este espacio, las disciplinas religiosas que infunden culpa, animan a los creyentes a mantenerse lejos de las tentaciones de la carne, a abandonar las bajas pasiones del cuerpo y a trabajar en dirección a los sagrados anhelos del espíritu. Pero detrás de esta íntegra fachada, hay una enseñanza mística que usa la sexualidad como un medio para sublimar la conciencia espiritual: si se enfoca de la manera adecuada puede transformarse en una experiencia sacramental, acercándonos a la plenitud del ser.

En esta metamorfosis he tenido presente a Bawa Muhaiyaddeen cuando afirma que no podemos buscar La Verdad porque es una idea demasiado grande para los seres humanos, sino que debemos hacer como si remáramos en una barca dejando que la verdad permanezca a nuestras espaldas. Mientras avanzamos, seguir remando para alejar de nosotros el espejismo, para que poco a poco nos acerquemos a la verdad.

          Me impuse la tarea de reivindicar los sentidos y recuperar el contacto con lo que me satisface y deleita, con el erotismo que vive abundante y naturalmente en mí, despertar con cautela al animal salvaje y herido que debió esconderse en el bosque en una época sombría de mi vida, cuando con pesadumbre se dio cuenta, como bien advirtió Sartre, que el infierno son los demás. Para mi asombro, un día encontré sus huellas formando un camino errante, lo que me hizo amar aún más las ruinas de lo que fui, aceptando que todo proceso de transformación profunda debe ser en cierto punto doloroso y confuso. Me escabullí entre el frondoso y oscuro bosque por las grietas que dejaban entrar luz. Y así, mi mundo ha vuelto a empezar.

Tres cosas son necesarias para la salvación del hombre saber qué debemos creer, saber qué
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