CAP III. EN LA FRONTERA DEL CUERPO. Materia, fe y revelación
- Nathaly Cano
- 18 ago
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Las fuerzas de los débiles
Son las del afecto.
Amador Fernández Sávater
Los niños pequeños empiezan a ver
al notar el límite de las cosas.
¿Cómo saben que un límite es un límite?
Al desear apasionadamente que no lo sea.
Anne Carson.
Poned los ojos en el centro.
Teresa de Ávila, El castillo interior.
Nunca había logrado dominar esta calma que hoy me acompaña, la melancolía es un estado que se aprende a domesticar en tanto sabes quién eres. Responder ciertas preguntas para verme desde otras perspectivas: lo que soy a través de tus ojos, lo que proyecta mi voluntad, el sentido de mi fe, la existencia colmada de aquello que reprimo mientras intento romper la realidad para crear nuevas posibilidades. Las preguntas que aún quedan sin respuestas son las grietas del puente que he de cruzar: ¿Cómo definirme completa e independientemente? ¿Cuánto tiempo pasará hasta que dejes de reprimir eso en ti que reconoces en mí? Es inevitable mi deseo por la deserción de lo que conozco para avanzar hacia una necesaria transformación.
La escisión en lo que percibo como sagrado me envuelve en el dominio de la fe, profundidad que me invitó a disfrutar de la caída, cuando tuve que acudir a mi propio socorro, estar atenta al horror y al grito de mi voz, dejarme morir, no una sino muchas veces, abandonar toda pretensión de sentido inmediato, aprender a tolerar lo absurdo y resignificar lo que interpreto como falta. En el proceso, aprendí a sostener el cuerpo, renuncié a las palabras y comencé una osmósis con el gesto que acoge y sostiene. Ahora también rezo cuando mi cuerpo se ofrece como espejo, cuando el otro se ve en mí y yo reconozco, sin pudor, su sombra y la mía. El deseo- cuando no se corrompe en la proyección- puede convertirse en llave: una forma de revelación que exige apertura. El puente entre lo profano y lo sagrado se vuelve difuso cuando el cuerpo arde en presencia plena. Y, en ese fuego, todo lo que procuré esconder, se convierte en materia de creación,
La primera vez que escuché un Adhan fue en Marruecos. Una voz sutil, disparada al cielo como flecha invisible, lo experimenté como un encuentro cuerpo a cuerpo con lo divino, sentí mi densidad dispuesta a la disolución como un sentimiento oceánico llamándome a romper filas ante todo lo que supuse creer ciegamente hasta ese momento, indómita redención brotando desde mi pecho, cual Santa Teresa de Ávila arrebolada en sus éxtasis, mostrándome que lo divino claramente también tenía dimensiones físicas. Comprendí que la necesidad de experiencias sagradas que había sentido desde niña, era una herida abierta, un umbral que esperó tres décadas para ser cruzado. El rito del rezo colectivo y público, tan distante de mi temprana formación católica, fue el punto donde mi fe encontró una nueva forma. No se trataba de religión: se trataba de rendirse al misterio que habita en todo lo vivo. Procuré entonces, cultivar este vínculo sensible frente al mundo para aprender a tolerar el vacío.
¿Y ahora qué?
¿Y ahora por qué?
¿Y ahora cómo?
Más que la búsqueda de una utopía, es la necesidad de crear nuevas estrategias para existir en un tiempo que al parecer sólo ofrece malestar: una subjetividad que no encaja es percibida como amenza. Un presente al que no me voy a someter, sin embargo, decido esbozar ideas para lograr conectar con mi goce entre las múltiples formas de estar hoy en el mundo. Que lo divino vuelva a lo material para hacerlo potencia, y que esto me atraviese con toda la complejidad que en sí constituye.
En esta delimitación, el amor deja de ser ilusión cuando se vuelve espejo. Ya no proyecta: revela, Y en esa revelación, el dolor y la tentación de huir me desarman constantemente. Mirar al otro sin adornos exige haber sostenido antes la mirada sobre el propio abismo. Y sostener la vista reconociendo la complejidad irreductible del otro -y de mí misma- como terreno fértil para un vínculo real. Ni siquiera el amor incondicional tiene la última palabra cuando acepto que todo lo que amo es eventualmente libre de desobedecerme.
Hoy la luz circula en mí bajo su propia ley, en la quietud de mis días, descubriendo cual río que vuelve a la vida, mi accidentada geografía interior. Avanzo hacia un futuro donde la existencia sea en sí una ceremonia pura, sin juzgar resplandor ni sombra.


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